miércoles, 12 de enero de 2011

Aquel domingo 14 de diciembre

"Es una niña", le dijo el doctor a aquella sencilla mujer que yacía en la cama del hospital, sin fuerzas, después de dar a luz por sexta ocasión.
Corría el año de 1974. El frío era intenso aquella noche del 10 de septiembre cuando, al nacer, dio su primer grito...
Y allí estaba ella. Pequeña, débil y delicada. Su frágil condición física y su llanto parecían decir "Aquí vengo, mundo, como caminante que estará poco en tus dominios".
Su padre, un curtidor de pieles, llegó por ella y su madre al hospital.
En su hogar, una casa alquilada en un mesón de barrio, esperaban tres niños y muchas necesidades.
Su recibimiento fué bajo la lluvia, en un día que anunciaba tristeza, como el color gris que imperaba a su llegada, quizá anunciando que la felicidad duraría poco.
Los primeros años de aquella niña pasaron entre los recorridos del transporte que la llevaba continuamente al hospital y la casa. Su delicadeza física hacía pensar por momentos a sus padres que no soportaría tanto tiempo. Dicen que ponían su cuerpo en una tina llena de hielo, para disminuir sus constantes fiebres. Vaya destino el suyo.
Al crecer y superar, como un milagro, la barrera impensable de la pubertad, según pronosticaron los médicos, se convirtió en una joven alegre y enamorada.
A pesar de no poseer un atractivo físico que sobresaliera, había en ella una belleza singular, algo especial que emanaba de su forma de ser, un no sé qué, que le hacía diferente. Quizás su forma de reír, su sonrisa!!!.
Al llegar a la edad adulta, conoció el desamor. Su corazón, joven e ilusionado, fue alcanzado y herido por una flecha del amor, sin embargo, su sentimiento no fue correspondido de igual manera. Otra mujer le robaría el objeto de su afecto... Una lágrima en sus ojos, atestiguaba su pérdida, pero eso no fue obstáculo para seguir su camino. Al poco tiempo, el amor verdadero tocaba a su puerta, y allí estaba, nuevamente ilusionada.
Quién se hubiera imaginado que aquella pequeña niña se había convertido en una mujer enamorada y estaba allí, frente a un altar, haciendo su promesa de amor, fidelidad y entrega mutua hacia aquel joven, que se había convertido en su felicidad.
Pasados unos años, la necesidad de realizarse como mujer, y la de su esposo de convertirse en padre, les llevaron a su última felicidad.
"¡Felicidades!", le expresó el médico después de anunciarle que iba a dar a luz, que se convertiría en madre. La felicidad y un supremo gozo le invadieron. No esperó hasta llegar la noche para contar cuan alegre estaba su corazón por semejante noticia, por ese hermoso milagro que ahora crecía en su vientre, y, sin parar, daba testimonio a todos que lo que tanto había rogado en sus oraciones se haría realidad.
Días antes del alumbramiento, decidió visitar a su abuelo "por última vez", pues decía en su corazón: "Después no tendré fuerzas, ya que el día del alumbramiento se acerca, estaré en el hospital..."
Estando allí disfrutó como nunca de la compañía del anciano. Rio cual niña que disfruta de sus juegos infantiles. La gente que le conocía decía de ella: "Hace hablar hasta a los muertos, con su jovialidad".
Al llegar la tarde, dijo a su hermano menor, como si fuera una premonición: "Quizás es la última vez que pueda salir, por el parto. ¡Vamos y disfrutemos de una cena!".
Era algo que acostumbraban los días de pago ella y su esposo. Su hermano accedió a la invitación. Esa noche disfrutarían su última sonrisa juntos. Mientras cenaban, como por arte del destino, el ambiente se llenaba de aquella música que tantas veces habían disfrutado en la niñez.
"Escuchá, es tu canción", le dijo él.
"Sí. Esa era mi canción antes de encontrar la fe que hoy me sostiene", le respondió.
La última expresión que salió de su boca fue esa confesión de fe.
El 6 de diciembre de 1997 dio a luz a un bello varoncito, con el cual, quizás por el destino o un designio divino, no llegarían a conocerse, pues exactamente 7 días después, un sábado triste, quizás el más triste para aquel con quién compartió tantas tardes en su niñez, su aliento fue arrebatado, falleció.
Se dice que un ángel le visitó el día de su partida. Ella, sin saberlo, es el objeto de las cartas que le escribe su hijo, a quien tanto anheló.
El domingo 14 de diciembre, el día de su sepultura, con una profunda tristeza y desconsuelo, él, sumergido en el dolor, escuchaba aquella canción, recordándola. Fue la última canción que escuchó, pero esta vez, el objeto de su canto era ella y su último adiós.

En memoria de
Élida Geordana Escobar Carranza
Hermana, madre, hija y amiga.
10 de septiembre de 1974 - 13 de diciembre de 1997†

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