miércoles, 12 de enero de 2011

El viejo y las dos tazas de café


Parece ser un acto religioso. Siempre es a la misma hora, cada dos o tres semanas de distancia en el tiempo. Usualmente el mismo lugar.

Se reunen para hablar de todo, y practicamente lo mismo. Sin embargo, pareciera ser que nunca hay una expresión de aburrimiento, mucho menos de estar allí por puro compromiso o simplemente de escapar de la rutina que les dirige a sus hogares.

Las cosas pudieron haber sido diferentes, si hace más de dos décadas bajo el cielo triste y oscuro, la fría lámina y los viejos palos de madera, el viejo no se hubiera ido de aquel lugar que guardaban y arrastraban tras sí años de luchas, entrega y dedicación.

Estaban allí, como siempre, pero esta vez había un algo diferente, un no sé qué... Una expresión de que jamás tuvo que haber sido de esta manera. De la necesidad de tenerse el uno al otro y de saber que pudo haber sido quizás la rutina diaria al llegar a casa.

"Los adultos a veces cometemos ciertos errores que hasta después nos arrepentimos" decía, mientras se dirigía hacia la compañía que cuál testigo veía como los arrebatos de la vida separa lo que no es el ideal del creador, ni mucho menos lo que los corazones de ellos deseasen.

Y ¿cómo te va en tu trabajo?, preguntó.

"Pues, todo sigue igual, la misma rutina diaria ¿y usted?", le respondió.
"Vengo de ver un trabajo. Espero en Dios que sí pueda salir algo, ya que tengo más de dos semanas de no agarrar nada".

Esa noche fue reveladora para ambos.

"Hay que saber entender cuando hay que detenerse, antes que las cosas ya sean irremediables", expresaba con seguridad y sabiduría.

Quizás sólo quería asegurarse que su pequeño aprendiese que la vida es más que levantarse cada mañana, trabajar y diversión... Es una oportunidad que sólo en una ocasión se vive, y que si no se toman las decisiones correctas en el momento adecuado se puede estar negando la oportunidad de sacarle el mayor provecho a esta bendición del creador.

Al llegar la hora de despedirse ambos sabían que esta noche, en esta reunión, algo había sido diferente... Pero ¿qué?, se preguntaba solitariamente... Quizas los consejos... ¡O las quejas que ambos tenian de la vida!....

Sin embargo, algo muy dentro le decía que lo diferente no eran las dos tazas de café que compartieron sino el hecho que estaba más que conciente que el viejo era su padre, quien abajo observaba cómo se aleja en un autobús su pequeño a quién tanto ama y que orgullosamente nombra en cada plática, que su hijo le ha dado tanta satisfacción, al darle a la familia el primer título universitario y que tenía que esperar hasta la próxima semana para volver a hablar de lo mismo, pero más que eso disfrutar de su compañía que tanto extrañó en su niñez.

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